martes, 3 de junio de 2014

La barba metafísica de Felisberto Hernández

El día de hoy voy a hablar de un personaje que en lo particular admiro con todo el corazón, aquél que me ha permitido conocer más acerca de la memoria y los recuerdos. Estas palabras son simplemente una pequeña investigación acerca de la vida del autor, la cual le permitió desarrollar semejante imaginación y amor hacia las letras... a cincuenta años de su muerte, gracias Felisberto.

LA BARBA METAFÍSICA 

¿No os ha ocurrido a veces que una persona con el nombre que tiene da la sensación de que no puede valer y después resulta ser un gran hombre?
Felisberto Hernández

Para muchos desconocido, Felisberto Hernández escribió un puñado de cuentos y un par de novelas que estuvieron en el olvido hasta que diversos lectores sensibles; fueran académicos, escritores o estudiantes lo empezaron a descubrir o más bien redescubrir. Autor de un estilo único, no pertenece a ninguna escuela ni a ninguna corriente literaria.

Escribía con una extraña sensibilidad infantil, pero con temas para adultos. En la escritura de Felisberto las cosas parecen animarse: que el ropero y los cajones se nos van a venir encima o que el excusado se va a cerrar para no ser utilizado, y los seres vivos nos convertimos en esos seres inanimados, lo mismo sucede con las emociones, se convierten en objetos.

Escritor que nos permite adentrarnos a nuevos parámetros de la literatura en dónde se mezcla la memoria, el objeto y la fantasía.

DIARIO DEL SINVERGÜENZA
Hijo mayor del matrimonio Hernández-Silva, Felisberto viene al mundo en Montevideo, Uruguay, el 20 de octubre de 1902, en una casa construida en el barrio de Atahualpa. Desde su nacimiento el neonato sufre un equívoco de la identidad, cuando erróneamente es registrado con el nombre de Feliciano Félix Verti.
En 1910 inicia sus estudios en un colegio católico situado en las proximidades de su casa, pero es a los nueve años cuando Felisberto empieza a tomar clases de piano bajo el mandato de la profesora francesa Celina Moulié[1]. Podemos ver que desde pequeño sus profesores ejercían una gran influencia en él, otro caso es José Pedro Bellán (maestro en la Escuela Artigas de Enseñanza Primaria) el cual permitió que Felisberto se acercara con mayor ahínco a la literatura.  

Junto con su hermano integra la asociación juvenil: “Vanguardia de la Patria”, la cual le permite viajar a través de Uruguay y de otros países cercanos.

1915 es un año crucial en la vida de Felisberto Hernández, ya que entra a su vida un personaje primordial: el francés Clemente Colling[2] profesor de piano, quien le enseñara al muchacho composición y armonía, además de otras materias más durables y de más difícil catalogación. Como corresponde a su prolongado apego discipular, el joven pianista descubre en Colling esos detalles que distinguen a un practicante de un maestro: el matiz valioso, ejemplar, que aporta personalidad, fuerza y colorido a cada interpretación. Debido a la dificultad económica de su familia, Felisberto se emplea como pianista en varias salas de cine, en dónde musicaliza películas mudas (hecho, que para el período y sobre todo para un músico era lastimoso), es en esta época en donde emplea en la práctica del piano hasta catorce horas diarias, lo cual ya define su modo de vida. Debido a que empieza a dar clases privadas de piano en 1918 de manera improvisada convierte una habitación de la casa familiar en el “Conservatorio Hernández”.[3]

Debido a que la búsqueda musical se convierte en una gran obsesión, Felisberto se da un tiempo para descasar, es cuando viaja hasta Maldonado, para pasar un tiempo en la casa de su tía abuela Deolinda. Estas vacaciones son las que le dan la oportunidad de conocer a dos personas decisivas en su futuro. Así, tiene un primer contacto con Venus González Olaza, quien será su futuro editor y empresario; y también se acerca a María Isabel Guerra, una maestra de cuyo encanto se enamora. Por desgracia, la familia Guerra no confía en la personalidad de Felisberto, y ese recelo enfatiza aún más el romance entre el pianista y su amada. Para disimular su mutuo apego, los novios se reúnen cada semana con la disculpa de unas clases de piano que María Isabel debe recibir. Bajo esta apariencia, va creciendo un vínculo sentimental que la pareja formalizará en 1925, el mismo año en donde empieza a tomar clases de piano con Guillermo Kolischer.

Cuando Felisberto empieza a dar recitales es cuando su carrera cobra un nuevo impulso, además de que en su repertorio ya se incluyen piezas realizadas por el joven concertista. En el terreno literario, cabe destacar la edición de Fulano de tal, costeada por un amigo del autor, José Rodríguez Riet.[4] El volumen es un conjunto de escritos dispersos, y su formato llamativamente pequeño es de ocho por once centímetros.

En 1926 la orquesta del café “La Giralda”, en Montevideo, ampara entre sus músicos a Felisberto. Después de un periodo breve en la orquesta, su padre le consigue un nuevo empleo, esta vez como pianista y director de una orquesta en el café-concierto de Mercedes. Es precisamente aquí en donde Felisberto encuentra a Venus González Olaza[5], quien fungirá como su secretario y administrador.

En 1927 da su primer concierto en el escenario del Teatro Albéniz, por esas mismas fechas estrena dos de sus primeras composiciones.[6] Al año siguiente en Montevideo, en la Casa del Arte, Felisberto realiza su segundo recital pianístico, debido a una excelente ejecución se gana los elogios de la crítica local y se le presagia un porvenir con mucho éxito.

Llega el año de 1929 y es aquí cuando su amigo Carlos Rocha recurre a la imprenta “La Palabra”, en dónde se publica el Libro sin tapas[7], este material no tuvo la recepción que Felisberto buscaba, pero entre los intelectuales como: José Pedro Bellán, Leandro Castellanos Balparda, Manuel de Castro y el matrimonio formado por Esther y Alfredo Cáceres fue recogido con gran éxito. Al año siguiente se publica su tercer libro: La cara de Ana.

La separación de Felisberto y de su esposa es definitiva en 1931. No obstante, dedica a María Isabel Guerra la primera edición de La envenenada, su cuarto libro. Como había sucedido con anteriores títulos, este nuevo material no alcanza el resultado literario más allá del amable círculo que viene festejando los talentos del escritor. Debido a esto se dedica de lleno a las actividades musicales, en compañía del poeta Yamandú Rodríguez,  que actúa como recitador, viajan por todo Uruguay, sur de Brasil, litoral argentino y provincia de Buenos Aires hasta 1934.[8]

Ya que se completó el trámite de su divorcio, Felisberto empieza a relacionarse con la pintora Amalia Nieto, de quien se enamora durante un homenaje que le dedican en el Ateneo Montevideano. En 1937 se casa con Amalia Nieto, debido a que las ganancias de Felisberto no se producen regularmente, el apoyo de la familia Nieto armoniza su situación familiar.

En 1939 prepara una gira de conciertos en Buenos Aires en cuyo programa figuran obras de Igor Stravinsky, los críticos que escuchan su ejecución elogian las cualidades musicales del pianista. Al año siguiente inaugura con su esposa la librería “El Burrito Blanco”[9], y del mismo modo comienza la redacción de Por los tiempos de Clemente Colling.

NO DEBO TENER ESO QUE LLAMAN MEMORIA
En 1940 debido a la precaria situación económica a la que se enfrenta, Felisberto Hernández se ve en la necesidad de vender su piano, hecho que provoca el abandono de su carrera musical y se mete de lleno a la literatura. La editorial González Panizza publica en este mismo año la obra Por los tiempos de Clemente Colling, gracias al apoyo económico de varios amigos del autor. Esta obra tuvo una buena acogida para la carrera literaria de Felisberto.

Apoyado por amigos, Felisberto se puede dedicar enteramente a la literatura. En 1943 edita El caballo perdido y obtiene un premio literario del Ministerio de Instrucción Pública[10], a partir de este año y hasta 1956 trabajaría en el departamento de Control de Radio de la Asociación Uruguaya de Autores.
Corre el año de 1946 y el gobierno francés le otorga una beca de estudios, la cual le permite viajar a París. Mientras en Buenos Aires aparece la edición de Nadie encendía las lámparas, su autor prolonga una aventura francesa llena de acontecimientos favorables. Debido a la gran amistad que tenía con Jules Supervielle, éste conduce a Felisberto a la Sorbona en donde leerá uno de sus relatos.

Por tercera vez contrae matrimonio en Montevideo con María Luisa Las Heras[11]. En la revista Escritura se publica “Las Hortensias” con ilustraciones de Olimpia Torres. Debido a que no se entendían, la pareja se divorcia en 1950.

En 1954 inicia un nuevo romance con Reina Reyes, una profesora de pedagogía y escritora y el cual terminaría en 1958. A lo largo de esos años, el afecto de Reina será decisivo para que él recupere la pasión por la literatura. Además de apoyarlo, ella va a logra que lo admitan como taquígrafo en la Imprenta Nacional. Asimismo, gestiona para Felisberto un permiso en el Ateneo Montevideano, de forma que tenga acceso al piano de dicha institución. La Licorne publica “Explicación falsa de mis cuentos” (1955). Mientras tanto elabora el manuscrito de Diario del sinvergüenza, que será publicado póstumamente.

Concluye su relación con Reina Reyes en 1958, meses después se enamora de María Dolores Roselló, y vuelve a trabajar como pianista, contratado por J. Estruch.

Para 1963 hacen su aparición los primeros síntomas de una enfermedad que él atribuye a la obesidad, a fines de ese año, se le diagnostica una leucemia en fase terminal. Felisberto Hernández muere durante la madrugada del 13 de enero de 1964. Su cuerpo maltrecho e hinchado por la enfermedad es tan grueso que hace difícil su manejo, inclusive es necesario pasarlo por la ventana, debido a que no cabía por la puerta. La última desdicha de Felisberto es después de su muerte ya que los empleados del cementerio se ven forzados en dejar su cuerpo en la tierra para cavar una tumba más ancha, la cual ha de acogerlo en su último reposo.

ESTOY INVENTANDO ALGO QUE TODAVÍA NO SÉ LO QUE ES…
Podría decir que la vida de Felisberto Hernández es un guión cinematográfico, el cual retrata todas sus peripecias tanto en el ámbito literario, musical y personal.  Así pasa con su escritura, va marcando el ritmo –como lo hacía con las películas mudas- y nos va mostrando lo que sabe y quiere que veamos, el uruguayo tiene la facultad de poner en realce lugares o momentos que de otra manera carecerían de él, de descubrir en lo insignificante lo extraordinario.

Al leer la obra de Felisberto, te inunda una emoción casi infantil, esa que provoca absorber con locura las letras. Mientras tanto, en cada uno de sus relatos, el autor nos permite mirar con sus ojos y con esa sensibilidad de niño, para observar esa otra realidad. La gran cualidad de vivificar las cosas es única en F. Hernández, siempre funge como espectador, los objetos cotidianos cobran vida en la retina onírica de los personajes de Hernández.

En su discurso literario asume sin saberlo el riesgo de perderse. Las historias se presentan a través de personajes de contornos desdibujados, pero con los que el lector se familiariza quizá por lo nítido de sólo un detalle. Y eso es más que suficiente. Organiza una cadena de trazos espontáneos, de una espontaneidad bien lograda. Felisberto busca el misterio de las cosas, y lo hace, como si estuviera tocando una melodía en su piano.

Felisberto nos muestra situaciones autobiográficas, recuerdos que plasma en forma de cuento, experiencias a las cuales les agrega un toque fantástico que entra en lo cotidiano. Pero su estilo es tan único que sería imposible catalogarlo dentro de lo fantástico,  la autora Graciela Monges nos dice que la fantasía del autor –y de otros escritores latinoamericanos- no cumple con los parámetros enunciados por Todorov[12]. La fantasía contemporánea no está creada con base en un solo acontecimiento o tema “fantástico”; en la fantasía contemporánea se da una especie de unión entre el mundo exterior y el interior. Para que ésta surja, debe haber un movimiento constante y dinámico entre el asunto y la intensión que le dé el lector.

Por ellos en los textos de Hernández los objetos se convierten en entes personalizados, presencias enigmáticas que dotados de expresividad pueden entablar las mistas relaciones que las personas. A los objetos se le da un significado y se convierten en órganos oníricos en donde la univocidad se abre a la polisemia.[13] Por lo tanto cuando el lector observa, y analiza el mundo de los protagonistas, tanto objetos como personas, descubre el significado implícito, que remite a ese mundo de los sueños a través de los símbolos y el lenguaje.
Felisberto es de esos autores que pueden ser leídos por cualquiera y en cualquier momento –viajando en el tren, tirado sobre el pasto, en una banca del parte o en un café a las cinco de la tarde-. Recuerdo que al leer los cuentos de Hernández me llené de sorpresa por esa erotización que ejerce sobre el objeto; por supuesto me remitió a otros autores como Julio Cortázar, Juan Carlos Onetti y Gabriel García Márquez. La influencia que ejerció sobre estos, permitió que obras tan importantes como Casa Tomada, o el mundo maravilloso de Cien Años de Soledad pudieran existir.
Su obra fue elogiada por autores como Jean Paulhan, Victoria Ocampo, Amado Alonso, José Bergamín, Guillermo de Torre, Ramón Gómez de la Serna, o Juan Carlos Onetti, y llevada al italiano y al francés por Italo Calvino y Julio Cortázar. Pero el hecho de citar estos nombres en contraportadas, artículos o monográficos, no responde a una necesidad de respaldo. Todo lo contrario. Cortázar le escribe una carta a Felisberto, la cual él jamás leería: Tus relatos que al fin y al cabo son cartas a un pasado o a un futuro en el que poco a poco van apareciendo los destinatarios que tanto le faltaron en vida.[14]

Felisberto Hernández no es un autor que necesite estar de moda, su literatura simplemente existe y llega en el momento adecuado. En vida –como muchos artistas- no tuvo el reconocimiento que habría merecido, pero a cincuenta años de su muerte podemos decir que es uno de los autores latinoamericanos más importante de todos los tiempos. Inclusive Carlos Fuentes lo situaba, junto con Juan Carlos Onetti y Horacio Quiroga, como uno de los iniciadores de la nueva literatura latinoamericana. Él solía decir que sólo se le reconocería cincuenta años después de su muerte. Esa fecha ha llegado. Por eso, me permití dedicarle estas letras. Para cumplir con su palabra.


BIBLIOGRAFÍA:
·         HERNÁNDEZ, Felisberto. Obras completas, volumen 1. México, 1983, Siglo Veintiuno, págs. 297
·         HERNÁNDEZ, Felisberto. Obras completas, volumen 2. México, 1983, Siglo Veintiuno, págs. 297
·         HERNÁNDEZ, Felisberto. Obras completas, volumen 3. México, 1983, Siglo Veintiuno, págs. 297
·         MONGES NICOLAU, Graciela. La fantasía en Felisberto Hernández a la luz de la poética de Gastón Bachelard. México, 1994, UNAM, págs. 206
·         SICARD, Alain. Felisberto Hernández ante la crítica actual. Caracas, 1977, Monte Ávila, págs. 431.
·         Sitio oficial sobre Felisberto Hernández: http://www.felisberto.org.uy/index.htm


[1] Quién después fuera retratada en su obra El caballo perdido.
[2] Inmortalizado en las páginas de En los tiempos de Clemente Colling.
[3] Monges Nicolau, Graciela. La fantasía en Felisberto Hernández a la luz de la poética de Gastón Bachelar, México, 1994, UNAM, pp. 27.
[4] Sicard, Alain. Felisberto Hernández ante la crítica actual. Caracas, 1977, Monte Ávila, pp. 64.
[5] A él le dedicará, tiempo después, el relato La barba metafísica.
[6] Monges Nicolau, Graciela. La fantasía en…, pp. 28.
[7] Sicard, Alain. Felisberto Hernández…, pp. 65.
[8] Monges Nicolau, Graciela. La fantasía en…, pp. 28.
[9] Ibíd.
[10] Ibíd.
[11] Militante comunista española, quien destacó por ser una espía de la KGB, se le encomendó seducir a Felisberto debido a su espíritu anticomunista.
[12] Monges Nicolau, Graciela. La fantasía en …, pp. 184.
[13] Ibídem, pp. 189.
[14] Cortázar, Julio. Carta en Mano Propia [En línea]  [18 de mayo de 2014]. Disponible en la Web:  http://www.felisberto.org.uy/cortaz_carta_en_mano.html